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Caminando por los pueblos del río Sonora (1982) andaba Jorge Russek tomando fotografías por encargo del Gobierno del Estado para elaborar un libro sobre Sonora y sus riquezas. Un hombre alto, inquieto pero de gran sencillez y nobleza. Al entablar conversación con este personaje que ya era un consagrado artista del cine nacional, le pedimos respondiera si era cierto que fue alumno de la Academia Militarizada de Occidente en Magdalena.
Prometió enviar un escrito ya que estaba elaborando su biografía en que contaba todas las peripecias de su azarosa existencia. Y no lo dudamos.
Al tiempo llegó por correo su respuesta, decía en ella que de estudiante se escapó de su casa en Guaymas su pueblo natal para irse a Estados Unidos para enrolarse en el Army, pero su familia lo alcanzó en la línea frustrándole el viaje.
De regreso a Guaymas -refiere- que en el carro de su tía con su chofer, "paramos en Masgdalena. Mi mamá quería saludar a una familia también muy amiga de ella, el Sr. Barreda casado con Ramona Maldonado Molina (ambos del Arizpe, él era banquero en la localidad.
Por lógica, mi mamá les platicó de mi intento de ingresar al Army, todo esto platicado muy tranquilo y normal, y en ese momento mi tío comenta: "Oye, Lilly, aquí hay una escuela militar muy buena, la Academia Militarizada Mijares Plasencia", y volteando a verme me dijo: "¿No te gustaría quedarte, Kaqui?" (Así me decían, ni modo).
Mi mamá se regresó a Guaymas y yo, sin pérdida de tiempo, fui… pa´ dentro (de la academia).
Se me pasaba comentar que el único cruzó a EU a fin de cuentas fue Mario Velderrain; los demás regresaron a Guaymas.
El inglés de Mario era muy pobre y, cuando fue a la oficina de reclutamiento, firmó sin saberlo, lo qué estaba firmando, sin saber a qué fuerzas estaba firmando, él nada más firmó con tal de ingresar a lo que fuera. Más tarde lo subieron a un camión junto con otros aventados, y después de varias horas de viaje, al quitarle la lona camión en que iba, ve un gran letrero que decía: "Bienvenido al Cuerpo de Paracaidistas de los Estados Unidos".
Mario se quiso morir, según me lo dijo en una carta que me mandó a la escuela de Magdalena. Estaba muerto de miedo, pero empezó su entrenamiento y se graduó. Se le entregaron sus alas.
Yo estuve en la academia de Magdalena un año; era tambor de la banda de Guerra. El sargento de la banda entraba al dormitorio como a las cuatro de la mañana, se ponía su corneta en los labios y tocaba escolta, y media hora más tarde salíamos a practicar a la zona roja o zona de tolerancia (zona vieja junto a la Escuela Club de Leones 1), apenas cuando las "cariñosas" se estaban acostando. Imagínese las mentadas que recibíamos de parte de aquellas damas desorientadas.
La vida en la academia era muy dura; para variar, muy seguido estaba arrestado y, casi siempre, junto con otro estudiante, Fortunato. Nos encerraban en un calabozo con un pie de agua, algo no muy agradable que digamos. Al ver nuestro triste destino, Fortunato y yo comenzamos a trabajar, por así decirse, los barrotes de la ventana que daba a la calle para poder salir en la noche al cine o a lo que fue. A mí me tocó en suerte en una de esas salidas conocer una muchacha muy agradable, muy buena muchacha, de las familias conservadoras del lugar, María Marta. Después de frecuentarla un poco, nos comenzó a invitar a su casa con su mamá y sus tías.
La situación se estaba mejorando bastante. Cenábamos, dábamos una vuelta en la plaza y después volvíamos a nuestro calabozo. Colocábamos los barrotes nuevamente su lugar, y hasta las nueve de la noche en que no sacaban para ir a dormir.
En una de esas noches castigados, y que salimos, como ya era costumbre, dando una vuelta en la plaza, de repente nos topamos con el sargento frente a frente, en una de las vueltas nos estaba esperando parados con una sonrisita maquiavélica en los labios, y…va de nuez. Pa´dentro.
Mucho tiempo después le preguntamos a aquel sargento que como se había dado cuenta de que andábamos fuera. "¡Es que salían del calabozo más gordos y contentos!". Este sargento ya nos traía en la mira. ¡Que suerte!
En la parte de atrás de la academia había un cine, Cine Central, nada más cruzando la calle, y de vez en cuando, después del toque de silencio, nos levantábamos, nos brincábamos la barda y nos metíamos a la función.
Una noche, regresando de ver a nuestro actor favorito, nos subimos a la barda y, precisamente por donde nos brincamos, ¡sorpresa!, estaba lleno de materia fecal. CACA.
Ya se imaginarán. Llegar a bañarse para podernos ir a acostarnos. Al día siguiente, ya formados para pasar lista, todos muy militares, el sargento después de echar una mirada a todo el personal, comenzó a recorrer toda las filas y cuando llegaba alguno de nosotros que había ido al cine se nos quedaba mirando muy fijamente y, oliéndonos muy pegado, con su respectiva sonrisita avillanada, decían a los que habíamos cometido aquel movimiento: "Fuiste al cine, ¿verdad? Resultado:
Pa´dentro, pero ya con los barrotes más fijos.
Después de terminar aquel año lleno de "sufrimientos", yo no quería regresar todavía Guaymas, así que le pedía a mi mamá me permitiera conseguir un trabajo ahí mismo, en Magdalena.
Pensando que estaban mis tíos y que me estarían vigilando, me alejé de aquella linda muchacha, salvadora de nuestras penas en los momentos difíciles de nuestra vida, trabajaba en una compañía constructora, la compañía Iglesias.
Era la compañía que comenzaba ya a hacer en forma la carretera internacional Nogales-México. Tenían un tramo de contrato, no recuerdo hasta donde, yo era asistente del pagador.
No hacía prácticamente nada más que andar con él para donde fuera en la "chamba". Fue poco lo que duré en ese trabajo, de ahí me regresé a Guaymas finalmente.
Tomado del libro Leyendas y Tragedias de Magdalena. Autor: Francisco Bustamante Tapia.
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