El Tiempo Hermosillo, Son.
Inicio ¿Quiénes somos? Turismo Personajes Tradiciones Historia Galerias Contáctanos
 


 
Inicio >>
 
LEYENDAS Y TRAGEDIAS DEL VIEJO MAGDALENA
Francisco Bustamante Tapia



Varios son los acontecimientos ocurridos en este pueblo que sólo por ello, por sus leyendas es un pueblo mágico

El callejón de la Español

  En el año de 1827 ocurrió en Sonora la expulsión de los españoles, aquellos que se aferraron a la intransigencia del Rey Fernando VII para reconocer la autonomía de nuestra patria.

  Pese a que la ley que autorizaba dicha expulsión, esta no entraba en efecto; vecinos de Arizpe hicieron varias gestiones para que se diera cumplimento, caldeando los ánimos la invasión que encabezo el general Isidro Bardas.

  Así las cosas se recrudeció aun más la campaña contra los "gachupines", recibiendo pasaporte para salir del país varios peninsulares cuya lista de nombre se colocó’ en la paredes para que al pueblo no le quedara la menor duda de quienes eran los imperialistas que no se sujetaba al régimen republicano.

 

  De los principales pueblos en donde había facciones con varias denominaciones de iturbidistas, borbonistas, centralistas y federalistas y yorkinos y escoceses, tuvieron que salir a la madre patria.

  El callejón Ignacio Allende de la Villa de Magdalena partía de las puertas de una casona quizá la segunda más antigua del pueblo. Por aquellos años de la expulsión de los iberos, la gente le llamaba el Callejón de la Española. Es una vivienda porque todavía existe, con rechinantes pisos de madera.

  En ella vivía don Sabás García Aravi, dedicado al comercio y a la agricultura logrando amasar una considerable fortuna. En uno de sus viajes a España retornó con una joven esposa; se decía que no había otra mujer tan hermosa que hubiese pisado el suelo de Magdalena. La mujer ibera contrastaba con la imagen de su marido, un hombre bajo de estatura, medio encorvado, receloso, sobre todo detrás del mostrador en donde se había granjeados no pocas antipatías con los clientes.

  La española era toda bondad, cordialidad y bellos modales notándose claramente que provenía de familia de clase media, a la que seguramente sus padres comprometieron con don Sabás de quien se sabía era un adinerado comerciante establecido en América.

  La vida en aquel matrimonio transcurría sin novedad, poco se les veía juntos salvo cuando cada domingo muy temprano se presentaban en el templo, entraban hasta la sacristía a saludar al señor cura, se ponían de rodillas y le besaban la mano. Luego salían a sentarse en las bancas para escuchar la santa misa.

  Vino la primer hija, luego otra y la señora de García Aravi empezó a participar en sociedad llevando a sus niñas al colegio, tanto ellas como la madre era como encantadoras. El colegio quedaba contiguo al templo y camino a la casa estaba la tienda de ropa de don Sabás quien por la ventana vigilaba cauteloso y con desconfianza los pasos de su familia.

  Las navidades eran tiempo propicio para hacer actividades a favor de los niños pobres, y "la española" con su carismática personalidad era muy solicitada por el grupo de damas para que encabezar los eventos, lo que don Sabás aprobaba a regañadientes.

  Como en esa época no había más escuela que la de la iglesia, los jóvenes acudían a tomar su educación aunque no tuvieran la vocación sacerdotal, de todas formas tomaban obligadamente las clases de latín y griego, filosofía y teología.

  Miguel Liceaga era uno de esos jóvenes de brillante futuro, se distinguía tanto por su aplicación en las materias como en su trato amigable y cariñoso. De frente amplia, corazón henchido de alegría como sano era su espíritu, entró en contacto con la española cuando ella lo seleccionó para que representara al Señor San José en el nacimiento que se montaba cada año en el salón de actos de la parroquia. Ella lo ayudó a cambiarse, le colocó la larga barba y la peluca que hacía al joven verse un hombre mayor en apariencia. Pero la señora respiraba muy de cerca toda la juventud que éste traspiraba.

  El joven Liceaga empezó a ser objeto de envidias por parte de sus amigos y no se diga la comidilla del pueblo; las lenguas se soltaron y hablaban de un romance de novela. Lo sugestivo de estas habladurías, era la diferencia de edades, ella una mujer de unos 36 y en cambio Miguel apenas andaba acabalando los 20 años.

  Los rumores llegaron hasta los oídos de don Sabás quien la tomó con tranquilidad, sin precipitarse, y sin dar mucho crédito a las consejas prefirió mejor investigar. Nunca mortificó a su mujer con sus celos que estallan como sería normal en cualquier hombre maduro con mujer joven. Pero se encerró en un mutismo que ella notó y se imaginó el porqué de su actitud, pero no tuvo valor para aclarar habladurías.

  Una de sus frases favoritas era aquella que dice "Todo lo que se dice a nuestras espaldas es la verdad". Como arreciaban los rumores también el rico comerciante aceleró las pesquisas, pagó grandes cantidades de dinero para que le trajeran noticias confirmadas del comportamiento de su esposa. Una vez que tuvo los pelos en la mano, soltó una mayor cantidad de dinero para que el amante desapareciera del pueblo.

  Cuando el joven Miguel Liceaga se vio descubierto al recibir el ofrecimiento por parte del marido agraviado, lo rechazó. Y antes al contrario empezó a fanfarronear de sus amoríos y los lugares en donde se veía con su bella amante, sabiendo que despertaba aun más el morbo y la envidia, así como el odio de don Sabás. No fue nada difícil para don Sabás enterarse de donde tenía su nido de amor. Como ella había aceptado dar una clase en el colegio, era en un diván de la propia dirección en donde ante cualquier descuido se amaban aquel par de almas que palpitaban intensamente llenas de pasión.

  Un sujeto de mala catadura clavó la daga tres veces en el vientre del joven ante la mujer horrorizada que lo vio exhalar el último aliento en sus brazos.

  Don Sabás siguió con su vida normal, pero la tienda poco a poco se fue quedando vacía, las ventas se vinieron a bajo. La española se encerró en su recamara y jamás se le vio salir, ni siquiera a misa.

  Las niñas ya no volvieron al colegio porque una tía vino por ellas para llevárselas a la madre patria.

  Así que al ejecutarse la ley expedida el 20 de diciembre de 1827 que autorizó la expulsión de los españoles, don Sabás fue conducido en un carruaje.

  La casona logró venderla a una familia Terán con todo y mobiliario.

Pasaron los años y de la española no se volvió a saber nada. Quienes participaron como auxiliares de la autoridad para llevar a cabo la deportación de los "gachupines" dijeron que en Magdalena nomás se había procedido con personas del sexo masculino. De la esposa ni una huella.

  Corría un secreto a voces de que don Sabás la estranguló, por eso durante las noches se escuchaban gemidos lastimeros y nadie quería pasar por ese callejón en cuanto cacía la noche.

  La casona quedó como mudo testigo de la misteriosa desaparición de la mujer más bella que haya pisado estas tierras.

  Al paso de los años los datos de esta tragedia cayeron en el olvido, y ya ni siquiera los más viejos recuerdan lo sucedido en el Callejón de la Española

Ultima actualización ( Martes 30 de Septiembre de 2008 21:50 )  

 
 
Un producto HechoenSonora Network